domingo, 22 de marzo de 2015

POETAS ANDALUCES, RICARDO MOLINA




POETAS ANDALUCES
RICARDO MOLINA








Nació en Puente Genil en 1916.  Cursó estudios universitarios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla, que debió interrumpir a causa de la guerra civil española. En 1936 se alista como voluntario en el ejército nacional, aunque sus convicciones políticas no parecen haber sido muy firmes. Permanece en campaña durante dos años. En 1940, terminada la guerra, obtiene finalmente la licenciatura en Filosofía y Letras, en la especialidad de Geografía e Historia. Trabajó como profesor en varios centros educativos, aunque sin obtener plaza de funcionario público hasta 1966, dos años antes de su muerte.
Hacia 1943 comienza a frecuentar la compañía de otros poetas, como Juan Bernier, Pablo García Baena, Mario López, con quienes fundará la revista Cántico, aparecida en octubre de 1947. La primera etapa de la revista tendrá sólo ocho números, correspondiendo el último a diciembre de 1948 y enero de 1949. Era homosexual, al igual que otros miembros del grupo, y como ellos, se inspiró en el paganismo y compuso obras de exaltación del cuerpo y el amor. En palabras de Luis Antonio de Villena
Los tiempos fueran poco favorables para un creador que hubo de celar -no siempre con éxito- su condición homosexual, recatando una poesía que (como otras de Cántico) se nutrió hondamente de los alimentos terrenales de lo pagano. El mejor Molina es -a lo largo de toda su obra- ese poeta del júbilo del amor y la sensualidad, tocado de melancolía temporalista y de algunos toques de religiosidad verídica cuanto necesariamente heterodoxa.1
Dentro ya de sus incursiones en el universo del cante jondo, conocería al cantaor Antonio Mairena, con el que trabaría gran amistad, emprendiendo en común diversos proyectos, tales como el Primer Concurso Nacional de Cante Jondo en Córdoba en el año 1956, o el ensayo Misterios del arte flamenco, en 1967. Su labor investigadora junto a Mairena obtuvo un gran reconocimiento en este ámbito.
[VIKIPEDIA]

Obras
Poesía
1945 - El río de los ángeles
1948 - Elegías de Sandua
1948 - Tres poemas
1949 - Corimbo
1957 - Elegía de Medina Azahara
1966 - La casa
1967 - A la luz de cada día
1975 - Dos libros inéditos (Regalo de amante, Cancionero)

Prosa (obras destacadas)

1967 - Misterios del arte flamenco (ensayo de una investigación antropológica)
1971 - Función social de la poesía
1990 - Diario (1937-1946)

Ricardo Molina

FRANCISCO DÍAZ DE CASTRO


El gran poeta que fue Ricardo Molina se anuncia en su primer libro, El río de los ángeles (1945) y se da pleno desde las Elegías de Sandua (1948) hasta Elegía de Medina Azahara (1957). En el primero, abierto significativamente por una cita de André Gide, se presenta un tono hímnico de exaltación del erotismo y del mundo natural, que se contrapesará pronto con el sentimiento religioso de culpa pero que aquí se manifiesta como intensa celebración del cuerpo en una elementalidad sensual en que la vida es gracia, y el deseo -expresado con una ambigüedad de género nunca del todo desvelada en los poemas- la fuerza arrolladora que potencia el cántico existencial en medio de una naturaleza que otorga una hermosura apenas matizada por la reflexión elegíaca.


POEMAS

Ámame sólo como amarías al viento...
Ámame sólo como amarías al viento
cuando pasa en un largo suspiro hacia las nubes;
Ámame sólo como amarías al viento
que nada sabe del alma de las rosas,
ni de los seres inmóviles del mundo,
como al viento que pasa entre el cielo y la tierra
hablando de su vida con rumor fugitivo;
ámame como al viento ajeno a la existencia
quieta que se abre en flores,
ajeno a la terrestre
fidelidad de las cosas inmóviles,
como al viento cuya esencia es, ir sin rumbo,
como al viento en quien pena y goce se confunden,
ámame como al viento tembloroso y errante.




Amor a orilla del río

Qué buscas por el río entre los blancos álamos,
oh, amor, oh, amor de manos de jacinto?
¿Qué buscas esta tarde de setiembre?
¿Qué agradable misterio halaga tus sentidos inefables?
En los cañaverales juega el viento
desnudo como un niño en la orilla del río.
Las espinosas zarzas
forman sombrías grutas goteantes de rocío.
Yo persigo tu sombra invisible;
vivo preso en tu aire; consumido
en los salvajes arenales que el sol quema implacable.
Di, ¿qué buscas en las grutas espinosas
a la orilla de los ríos?
Mientras sigo tus pasos,
la tierra es para mí como un vapor de plata;
los guijarros del cauce del arroyo
Me abrasan  sin piedad los pies desnudos.
¿Cómo pasaste por aquí, cómo pasaste
sin lastimar tus pies, oh, amor desnudo?


Cántico del cuerpo sin alma

Oh cuerpo mío,
oh tempestad de ansia,
oh cuerpo abierto como el mar a todos los influjos del mundo,
lánguido, triste, azotado por los otoños,
solitario bajo la luna de junio,
bajo la luna dormido...

¡Duerme! Oh cuerpo mío, duerme,
oh cuerpo oscuro, semejante al negro cauce de un arroyo en estío,
cuando el aire es un inmenso jazmín diluido
sobre los valles y los prados de la noche.

Oh cuerpo mío,
amorosamente abandonado a la arena de las playas,
allá en la sierra, donde el río con sus olas verdes de pino,
sin cántico ni espuma, ríe y pasa,
duérmete allí; ¿no sientes escurrirse a tu lado con las aguas,
el alma?

¿No sientes -al fin libre-
la gracia poderosa de la encina
y el amor siempre verde de los pinos
infundirse a ti? Di, ¿no sientes
salir de ti el alma tenebrosa que oculta como un velo
                                                                       ardiente y opaco
cuanto amas, oh cuerpo, cuerpo mío?




Cántico del río

Oh qué dulzura.
qué extraña y admirable dulzura,
descender abrazados, desnudos, al fondo oscuro del río,
desnudos y abrazados para siempre,
y así, gozosos, líquidos, disolvernos en ondas,
en claras ondas plateadas, verdes...

Oh reflejar los almesos, los álamos,
copiar la desierta belleza de los molinos en ruinas,
sentir temblar sobre nuestras miradas transparentes
cuanto se desmaya en el aire;
la mañana, la luna, los pájaros, las nubes,
las barcas silenciosas, las torres amarillas...

Oh qué dulzura,
qué extraña y admirable dulzura,
sentirse acariciado largamente
por las inquietas imágenes temblorosas
de los seres que viven en la orilla del río...

Desnudo

Estoy desnudo, el sol con fuego dice
cuanto diría el hombre enamorado.
Basta el silencio a confesarlo todo,
si tendido en la orilla de algún río
el hombre calla y en su pecho, mudo,
un sol como el del cielo resplandece.

Ya lo sabemos todo. Que son rojos
los labios que se besan en la orilla,
que la vida es un breve y dulce abrazo
y que con la mañana una alegría
sin nombre nos invade silenciosa.

Ya no necesitamos las palabras.
Ya basta el sol que besa, basta el río
que nos lleva en sus ondas lentamente,
el viento que los ojos acaricia,
la verde sombra que en la boca tiembla.



Elegía I

Mi alma es casi dichosa y casi triste
porque el cielo es el mismo cielo de nuestra dicha
y el amor que me inspira,
ay, es el mismo amor de aquellos días.

Y por eso mi alma, triste y dichosa a un tiempo,
es igual que una virgen embriagada
o una antigua bacante
que ríe y llora ebria en las colinas,
y está loca de vientos y de lunas,
de soles y de pinos y de altura,
y llora y ríe sin saber qué hace
y sus pies en las flores despiertan leve música
y el torrente acompaña sus éxtasis salvajes
y el crepúsculo besa sus mejillas
y la creación resuena a su voz amorosa
y le responde con ardientes ecos,
y a través de la sombra
con sus astros lejanos le contestan los cielos.

Así, mi alma no sabe qué dice ni qué calla
y está casi dichosa y casi triste
y sin saber por qué llora y sonríe
y canta y se lamenta,
y va como una virgen destrenzada y desnuda
por valles y montañas,
y los pastores huyen a su paso
y las mozas se ocultan para verla,
y su fervor por todo es tan divino,
y su amor tan ardiente
que nadie lo comparte,
y por eso va sola
por las verdes colinas y las montañas grises,
sola, casi dichosa y casi triste.


Elegía II
¿A qué he venido entre los verdes árboles
del bosque traspasado de armonía?
¿Por qué canta la vida con sus labios ardientes
de roja miel una canción lasciva?
    
¿Qué insinúan las aguas
al desgarrar sus muslos de espumas en las rocas?
¿Por qué al pasar las frescas alamedas
me invita una voz leve y tenue en su sombra?

¿Qué amor bello y desnudo lo mismo que el verano
me llama por mi nombre e invisible suspira?
¿Qué amor, qué loco amor va siguiendo mis pasos,
inflamando la tierra erizada de espigas?

¿A qué he venido en este mediodía
al bosque solitario?
¿Por qué me pierdo entre los verdes árboles
alargando a su sombra turbadora mis brazos?




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