miércoles, 18 de marzo de 2015

EL PAISAJE URBANO en la poesía de MUÑOZ ROJAS



EL PAISAJE  URBANO











No solo el campo y su extensa multiplicidad de paisajes en las que el poeta, como decía López Estrada  en el prólogo de la segunda edición de “Antequera, norte de mi pluma”:
El  poeta vinculado y entrado en el mundo a través de su tierra nativa”
Sino la ciudad, por antonomasia  para él, Antequera, como concreción en el ámbito ilimitado del paisaje del campo, se nos manifieste como un aspecto más del concepto de paisaje como estado envolvente, como parte de la realidad tangente; pero al mismo tiempo como expresión emocionada de su realidad. Dos de sus libros en prosa: “La gran musaraña” y el antes citado “Antequera norte de mi pluma”, encierran los testimonios más claros del concepto de paisaje urbano, que en ese sentimiento no se limita solo al aspecto físico, sino que se adentra como decía Marías en el espíritu de las cosas. 

En “La gran musaraña” y especialmente en su capítulo I se detiene en el embrión de lo que puede constituir su paisaje urbano: La casa,  la calle, las iglesias… Así de la casa dice:

“ Lo nuestro era la casa con su patio de columnas, sus habitaciones grandes y artesonadas, los corredores relucientes, arriba y abajo, que separaba una escalera de suave ascensión, los cuartos abiertos  y los cerrados, sus rincones, los muebles conocidos, aquella silla que sabía nuestras posturas, el jardín con sus flores inaccesibles  y sus insectos amigos, el lugar de nuestro sueño y  nuestro condumio…”

Y la casa de enfrente, el otro mundo del que  la calle era frontera:

“ Enfrente era otro mundo del que nos separaba la calle, unos cuantos metros, con dos  aceras y una calzada…tenía una cancela muy grande al patio, unos suelos de mármol que daban algún frío; al entrar, a la izquierda, estaba el despacho de mi padre,…” 

La calle, con sus aceras, y las casas enfrentadas:

“Abajo y arriba,  en la calle, seguían interminables las casas, aunque ninguna era igual a la nuestra, que tenía dos torres, una fachada muy larga con un escudo en la puerta, no tan grande como el del conde de abajo, que tenía escudo; pero no tenía conde…”

“La calle se quedaba muchas veces solitaria y como muda, sin ruido alguno, parecía encerrarse en sí misma, nunca por mucho tiempo,…”

Además las iglesias, que dan un empaque fundamental al paisaje de la ciudad, a ese trozo de espacio humanizado, profundamente sensorial:

  Estaba la iglesia, las iglesias, las muchas y variadas iglesias que constituían otro descubrimiento, recordadas continuamente por sus campanarios, esto era otra cosa, las campanas tocando, las campanas dando la hora, las campanas doblando, repicando, advirtiendo que tras sonido había algo que pesaba…”

La Antequera barroca  se manifiesta con exaltada exuberancia en ellas:

“Desde el gran templo extradecorado y rico, desde estos retablos en movimiento donde los ángeles tocan o danzan, los santos marchan o se retuercen, las columnas vibran, hasta estas iglesias parroquiales quietas y blanqueadas, pobrecitas pero tan ricas, y ya en los límites temporales, desde monumentos renacentistas y reminiscencias góticas y mudéjares, hasta las más movidas complicaciones del barroco, se hallan aquí. Pero el sello de la ciudad es el barroco…”  

“Cualquiera que se asome a Antequera, advertirá lo mucho que el siglo dieciocho ha dejado en  ella en el sello barroco que la caracteriza y que a veces oculta huellas anteriores y que, por desgracia, en ciertos casos, han borrado los posteriores…Todavía nos admira esa explosión de arte que llenó Antequera de figuras de barro, en yeso o madera, obras en gran parte de artistas locales ….”

En su descripción casi se ofrece de guía de tan hermoso lugar:

“ Un paseo por la parte antigua os llevará, entre ruinas de muralla y restos de industrias tradicionales –tejidos y tenerías- a la capillita de la puerta e Málaga en una de las torres árabes conservadas de los antiguos lienzos, a la casi venerable ruina de Santa María. Desde el pretil que accede al Arco de los Gigantes, la ciudad tendida abajo y la vega extendida hasta los confines, os explicarán su historia, levítia y labradora, seria y recogida…”

“…Esta Antequera recostada y extendida, de las muchas iglesias y tejados blanqueados, húmeda y algo esquiva, tejedora un tiempo en su ribera, olvidada ya de sus moraledas, y tenerías, labradora en su vega, sólo a veces viva en el alegre repique de sus mil campanarios, recogida en sus patios y compases, limpia y reluciente en sus calles…”

Y una vez más, explícito, nos hablará del paisaje:

Desde Antequera misma se os ofrecerá el paisaje de la vega sin esfuerzo,…El paisaje os dará el gozo de su olor en cualquier sazón. Si acertáis a pasar en otoño o en primavera  lo harán más resplandeciente unos nublados de contraste, un entreluz que le pone mechones de sombra….”

Y , a modo de guía de nuevo, nos hablará del rico acerbo megalítico:

“…El Romeral os traerá a las mentes recuerdos micénicos: dice que es la más antigua cúpula de occidente. En la de Menga os creeréis en una catedral megalítica. En pocos sitios se siente tan fuerte la huella de las generaciones anteriores como aquí a las puertas de Antequera…


Y en este concepto de paisaje urbano entra por pureza emocional y vivencial, Málaga, la ciudad de la juventud y de los primeros pinitos literarios, acercándose a ella desde la distancia antequerana, que es solo perspectiva, transportando emociones en la descripción:
“ …Los montes, altos montes de mil metros, avanzan mucho sobre la costa, y sólo donde el Guadalhorce   y el Guadalmina  fuerzan el paso al mar, se abren un poco para darle asiento a la ciudad. A un lado del valle queda, lejana, la serranía de Ronda, al otro Sierra Nevada y sus estribaciones.”

Y adentrándose en la malla urbana, habla de sus calles, de sus rincones, de sus plazas:

“…sin asomarse a sus calle o pasearse por  la Caleta y los paseos que a ella descienden, Limonar y Miramar, no tendríamos su conocimiento  cabal. Habríamos de penetrar un momento en el jardincillo del Palacio Episcopal y sorprenderlo en su dieciochesco encanto. Habríamos de recorrer las callecitas estrechas, Fresca de Santa María, o las que suben a la Alcazaba para adivinar algo de la Málaga medieval…”

“…Cualquier plaza de éstas, cualquier calle han sido abiertas sobre los recintos de los conventos o monasterios que la ciudad fue pródiga en construir a partir de la conquista y más pródiga todavía en destruir en el afán progresista del siglo pasado. Así esta preciosa plaza de la Merced, tan romántica en su concepción y su historia, con el monumento a Torrijos y tan afortunada por nacer en una de sus casas el mayor pintor de todos los tiempos…”

Y una mirada final a los pueblos de tan rica provincia:

“En esta región hay pueblo costeros y pueblos serranos, aquellos repartidos entre el mar y el campo, pescadores y labradores, barcas hacia la playa y huertas hacia la tierra, hoy cediendo ante el turismo que les compra la tierra y el sol…”

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