martes, 17 de junio de 2014

ARTICULOS. TERRITORIOS DE LA MEMORIA






TERRITORIOS DE LA MEMORIA













Cuando hablamos de poesía de la memoria amalgamamos en el mismo concepto los ámbitos espaciales y los temporales del suceso recordado, cumpliéndose  en ello paradójicamente la Teoría de la Relatividad, y en concreto la definición espacio-tiempo que recoge la noción de que el espacio y el tiempo ya no pueden ser consideradas entidades independientes o absolutas. Y en realidad así sucede generalmente en el poema, en la emoción recordada que aunque esté producida por el recuerdo de un instante o al revés, de un lugar, arrastra irremediablemente consigo al otro parámetro.


Sin embargo eso no se produce siempre y, salvo en la poesía intensamente intimista, prevalece en el recuerdo la presencia de los lugares donde se cobija la emoción. Dice Juan Carlos Mestre: “Siempre se regresa al paraíso perdido. Lo cierto es que uno vuelve al territorio de la infancia, a los “loci memoria”, a los lugares de la memoria. Son los espacios donde tuvo uno por primera vez conciencia de la palabra árbol, de la palabra río; donde vio por primera vez una mariposa, un relámpago…”   Y Borges dirá: “Se que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío …  No hay otros paraísos que los paraísos perdidos.”. Es decir se canta lo que se pierde, pero esas pérdidas tienen un espacio…Todo paraíso estuvo ubicado en ese ámbito físico de la dicha. Tomás Segovia escribe en sus Diarios: “Cuando evoco alguna época mía, tengo la sensación de que esa época no está en el tiempo, sino en el espacio…”.


Cuando Juan Cobos Wilkins dice en Biografía impura: Un niño mira sombras en la pared. Ignora/ aún qué es sombra…/…/ Es su relámpago, el inicio de su memoria/…” está definiendo el proceso de transformación de un fenómeno que se produce en el espacio en la raíz emocional de la memoria. Cuando Coriolano González  en el poema de Códice de la ciudad  de su libro  Otra orilla (2004-2007), se pregunta: “¿Dónde aquel banco en el que fui besado/ por vez primera/ y el tiempo se detuvo?, ¿Dónde están aquellas plataneras/ que desbordaban de luz y olor/ la travesía por el barranco…”, no hace sino reconstruir esas emociones sobre la planta real del espacio recordado.  Y si Víctor Jiménez en El tiempo entre los labios  desciende a la memoria lo hace al espacio ineludible de sus emociones: “Puente aquel de San Bernardo,/todavía pasa el tren/ de mi infancia por debajo.”. A veces el espacio, el “loci memori”, es la propia carne, la inmediatez de la emoción es tan profunda que la memoria tiene argumentos para su recuerdo:“ La piel tiene memoria. Cada rayo/ de sol, cada caricia, cada brizna/…/ Piel con piel, en la tuya/ redescubro esas páginas / que el terco tiempo escribe/…/”dice en Intermedio Juan Lamillar.


En La casa que habitaste, de Jorge de Arco  en un lento proceso de retorno  se hace presente aquel lugar : “Regresas hoy a lo que fuera tuyo/…/ al río extenuado de esta casa./…/ Han pasado los años y las sombras/…/ Giras el pomo y arden/ los ojos y los labios/ al cruzar las heridas de una puerta silente/…” , y  esa es una presencia lacerante : “Ahogas una lágrima –o un grito-/ de ausencia en la garganta/…”  , en ella  “Resbala el alba/ por tu melancolía y amaneces/ con un puñado / de soledades rotas/…” y  vive lo perdido  regresando en el tiempo : “…y atrasa el corazón cuando memoras/ la  albórbola irredenta de los pájaros, / el olor de la harina molinera,…”, al fin y al cabo los instantes de la dicha  que  se fue y que en esta casa se hace dolorosa herida: “ Y nada duele tanto/ como la certitud de tantas soledades/ aún por recorrer,…”.

Si en su anterior obra , "La casa que habitaste",  emoción y  ritmo, constituían el soporte poético del poemario y  su contenido se centraba  en la Poesía de la Memoria , estas características se repiten en “La horas sumergidas” , la memoria reivindica  su protagonismo: “No tengo otra moneda que el recuerdo…” dirá, mientras retorna  a una voz, cuyo oleaje palpita: “Con un trozo de mar casi me basta,/con un puñado/ de tierra. Tal vez, sólo / de niebla sostenida./…” , un mar en el que  Hay una isla al borde de tus ojos,/ un inmenso país/ de ofrendas y caricias./…” y un viento en el que “…vuela,/ alta, la desmemoria.” Aunque hay momentos en los que la memoria se hace arcilla primordial, la engalanada altura de la roca matriz, el olivar y el pozo, el pegujal, las cuestas encaladas, el origen denominado el Sur: “ Mi voz es la campana / que rompe / el cristal de la tarde/ abandonada/…/ Hacia el Sur se dirigen los vencejos,/ los siglos más hermosos de mi infancia,/…/ Un pueblo se despierta en mis adentros,/ y en mis venas, sus calles:/ voy diciendo su rubia melodía,/ la luz caliente y sepia de mi ayer.”  .


La mirada del poeta hacia el pasado no es hacia algo perdido, ya que permanece en el corazón, emoción reconocida en el sueño de un mar, en las imágenes recobradas de una luz que viene de nuevo desde un cielo topacio, desde unas nubes, desde las montañas lejanas en los húmedos alisios, una vida que se hace dolor y presencia. : “Soy poeta de la distancia. Escribo hacia el pasado. Miro a mis islas desde ese mito inaprensible, desde esa inaccesibilidad que trastoca mi alma…”  dirá el poeta canario José Carlos Cataño en Lugares que fueron tu rostro.  Y el tangible lamento del muecín le devuelve  a Encarna León en Lluvia de Aljófar unos espacios de la tierra que la memoria aviva: “El  muecín me trae otras tibiezas calmas/ de amigos que se fueron,/ amantes, ellos, de minaretes/ acequias, escarcha y palacios. De jardines de té, de hierbabuena/…”.



En “La tumba del arco iris”, de Alejandro López Andrada  la   naturaleza, la ecología y los espacios y ambientes rurales, se manifiestan en todo su esplendor y en toda su pureza, al tiempo que entre ellos revive el recuerdo del padre muerto,   la sombra de la muerte permanece: “…Vuelvo a encender la luz:/ sobre el perchero,/ como un sombrero, cuelga / mi memoria. Veo en el corral/ la sombra de mi padre/y un gato triste me habla de la muerte.”, pero hay un consuelo en la esperanza: “…la eternidad / se filtra por las ramas/ de la higuera/ y enhebra un sol de olíbano en mi sangre/…” . En Las estancias del recuerdo,  el dolor recorre los espacios huérfanos de una presencia de la que queda constancia en los jirones de vida del entorno y el poeta , peregrino de la nostalgia, recorre esos ámbitos donde su luz anidó: “.He llegado al dolor , y en él / habito/ como vive el rocío entre las hojas/ del otoño,/…”; “Y en el cementerio “ Todo mi ayer viene a hundirse/ en la orfandad/ ocre y humilde  de este camposanto./…”  .In memoriam  es la presencia constante del padre en las cosas, la norias, los barbos plateados, los peces luminosos…,


En el recuerdo de lo inmediato, de los lugares donde se estructura la memoria de la sensibilidad, es bastante frecuente y además es el primer estadio en la elaboración de esa emoción que permanecerá para siempre en el poema, al margen de que cohabite con el recuerdo del tiempo; pero el tiempo pasa, quedan intactos los lugares de la memoria…

En “Baladas de la memoria”, el poeta chileno Pedro Lastra, habla elegíacamente  del tiempo y de la    memoria: “Hace justo diez años/ Javier Lentini y yo éramos inmortales…”,  y tiempo y nostalgia hablan del maestro Ricardo Latcham : “ Todo es cuestión de tiempo, como se dice,/ para encontrarlo a Vd., también como se dice,/ a la vuelta de la esquina. Entonces /el discípulo y el maestro seguirán dialogando…” o de los amigos: “… Enrique Lihn, amigo de mis mejores días/ (esos que no llegaron)/ qué puedo hacer por fin/ para encontrar el reino que solo el sueño crea…”, “ Yo digo Roque, Roque,/ y empieza esta función como en un cine continuado/…”.Elegía que a veces deja transitar el dolor: “Deja pasar los años, Víctor Jara, / en el tiempo que viene/ nadie recordará/ al oscuro hombrecillo que ordenó que murieras…”. El tiempo, ese factor elemental de la memoria, con el que la elegía y el recuerdo traban la inconmovible presencia de lo pasado es asimismo factor primordial en esta poesía: “ El futuro no es lo que vendrá/ (de eso sabemos más de lo que él mismo cree)/ el futuro es la ausencia…”, “ Y vinieron los días/ ajenos a sí mismos, / y de nuevo el destello…”. Tan presente la fugacidad y el juego verbal de su contrario: “Y éramos inmortales. Nuestras flechas/ daban justo en el blanco…”
El paso del tiempo, su sedimentos en la memoria, llega a formar parte de esta poesía de la memoria, de la poesía más asentada y al mismo tiempo la que tiene el poder de revivir aquellos instantes que moldearon las poéticas, la que nos permite vibrar con el resurgimiento de los instantes  más decisivos en la vida del poeta, gracias a ese poder alquímico de la memoria, que con el tiempo elabora su más bella estructura
 © F.Basallote


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