miércoles, 14 de agosto de 2013

RESEÑA SOBRE "LA MANO ABIERTA", ANTOLOGÍA DE JULIO MARISCAL, por Alejando Pérez Guillén.




Una magnífica reseña de la Antología  de Julio Mariscal “La mano abierta”, de Joisé Ponce y prólogo de Pedro Sevilla, que nos ofrece el poeta de Benalup, Alejandro Pérez Guillén.








LA MANO ABIERTA, JULIO MARISCAL MONTES

Cuando dos magníficos poetas como José Mateos y Pedro Sevilla se alían para homenajear a uno de sus maestros, Julio Mariscal Montes, los aficionados a la poesía no tienen más remedio que sentirse satisfechos por tres motivos fundamentales: en primer lugar, porque sale a la luz la figura indiscutible de un escritor indispensable; en segundo término, por la cuidada selección y por el cariño que se le ha dispensado a esta antología; y, en última instancia, por la apuesta decidida de una editorial como Renacimiento por la buena literatura.
En La mano abierta el pasado y el presente se entrecruzan  en una historia de amor en la que el sabor antiguo de las serranillas medievales brota con fuerza en pleno siglo XX, con una vitalidad tan sorprendente como acertada, en la que el recuerdo se teje con los hilos dorados de la ternura, de una naturaleza que descansa entre los brazos del poema, como si las ramas del paisaje cayeran ante nuestros ojos tal versos desmayados. El poema late entre las sílabas. Es un corazón que sobrevuela las conciencias al modo de una mariposa que se niega a posar sus pies en el suelo, pues siempre queda revoloteando en el estrecho cerco de la memoria. Una memoria que lucha contra las ausencias, contra los mordiscos implacables del olvido.
La infancia cabalga a lomos de un caballo que repite de manera incansable el ciclo de la vida, navega en un barco de papel que describe las estelas de unos sueños y regresa a la orilla del verso a través de un Ubi sunt cuyas olas arrastran el peso de una inocencia que nos empapa las entrañas, que moja de rocío las flores tristes del recuerdo. El poeta se pregunta dónde están los años perdidos, al mismo tiempo que intenta recuperarlos con la palabra. Piensa que dejar de creer en los reyes magos es dejar de ser un niño y el hombre no puede crecer si deja atrás sus raíces. En estas líneas el lector puede oír el grito desconsolado de la melancolía, de unos tiempos que se reproducen, dulces, en la lectura, que en la escritura se reconstruyen palmo a palmo, con el dolor salvaje de la pérdida.
Muchos hablan de poesía urbana, mientras que en estas páginas danza, al ritmo de la cosecha, al paso continuo y lento de los jornaleros, una lírica tan íntima, tan distinta y distante de la ciudad que podríamos denominar poesía rural, sin ningún atisbo de menosprecio, sino con el único fin de elevarla al lugar que se merece. Pedro Sevilla me contó una vez que la mayor enseñanza de su padre, tanto en la literatura como en la vida, fue el reclamo de la espera, ya que un campesino nunca puede precipitarse. Hay un momento para arar la tierra. Un instante para plantar las semillas. Un tiempo imprescindible para regar la sed del esfuerzo. Un instante para el florecimiento. Un momento para la recogida. El hombre de hoy en día ha perdido el reloj de la paciencia,  la capacidad para la reflexión y la necesidad de esperar a que el agua y el sol maduren entre estaciones. La poesía de Julio Mariscal Montes, en su aparente sencillez, madura con la lógica del tiempo, sin prisas, salvo las que dicta el corazón.
De la sentida evocación de la infancia y de otros tiempos, el poeta se detiene a mirar de frente a la muerte, cara a cara, como los dos extremos de una interrogación que es la vida. Mira a la muerte para rescatarla del olvido, sacando a la luz no sólo personalidades del mundo de la literatura, sino el anonimato de personas cotidianas. El quehacer diario de nuestras existencias es más común y corriente de lo que suponemos, pero no por ello menos importante. El diario íntimo de cualquier individuo de a pie no está formado por un compendio de heroicidades, sino por detalles pequeños que conforman su personalidad. Corral de muertos arranca con el símbolo del ciprés que permanece erguido más allá de lo razonable en contraste con la horizontalidad de los cuerpos yacientes y termina con el homenaje a un médico, incapaz de dar cura a sus males. Su condición católica se enfrenta siempre al pecado de la manzana y la serpiente corrosiva de la culpa amenaza la figura del poeta como un demonio que está al acecho en cuanto uno baja la guardia.
Cuando afronta el tema de la muerte, poemas elegíacos dirigidos a personas de carne y hueso, más hueso que carne por desgracia, no llega a mencionar los tres tipos de vida que desfilan por las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique. Se centra fundamentalmente en la vida en la tierra y muestra un sentido dolor por la pérdida de una belleza que se marchita con el fin de la existencia. En algunos personajes se ensalza la vida de la fama, un repertorio de méritos que el finado ha contraído a lo largo de los años como una moneda falsa de una futura inmortalidad. Sin embargo, Julio Mariscal Montes pasa de puntillas por la vida eterna. Prefiere la rosa efímera de la vida terrenal y le recrimina a Dios cierta despreocupación por el ser humano. El último día asume la condición de que el hombre nace condenado a  morir y de nada sirven las quejas por conseguir un grito mayor de protagonismo. Nacemos con fecha de  caducidad. A estos parámetros llega el poeta no por convicciones políticas o ideológicas, sino por la asunción de una religiosidad que se hospeda en su alma gracias a la intercesión de Jesucristo, en ese aspecto humano en el que el poeta se refugia cuando empieza a faltarle la esperanza.
Tras abordar el tema de la muerte, se eleva el motor de la existencia. Pasan hombres oscuros es un poemario en el que el amor le otorga el colorido que le falta al título, en el que el amor empieza a darle sentido a la rueda misteriosa de los días y a través de esa luz el poeta se siente más capacitado para contemplar el mundo que lo rodea, las injusticias que claman al cielo y las justicias que nos devuelven los espejos reflectantes de sus poemas. A través del amor Julio Mariscal Montes busca su salvación social, aunque sigan latiendo con fuerza esa poderosa fe religiosa y su condición homosexual, una lucha interna que nunca tendrá fin. Una visión cristiana y humana de la vida de Cristo que se halla en todo lo bello que encontramos a nuestro alrededor. Un fatalismo tanto más acuciante cuanto menos vitalismo poseemos.
Poemas de ausencia es un juego de renuncias y proclamación del amor. Es un recuento del pasado donde solo sale ileso el fuego de la pasión, el único motor capaz de darle sentido al mundo, a la vida. Cuando ya no queda nada a lo que aferrarse, brota la flor de un beso para recordarnos que, incluso en las peores circunstancias, puede haber un motivo para la sonrisa. Los ojos de la persona amada sirven de faro a través del cual se puede contemplar la belleza de este mundo, la existencia cotidiana de cada uno de nosotros.
Tierra de secano presenta un verso árido, seco, sobrio y hambriento como símbolo del día a día en un pueblo donde el hambre y la miseria nos impiden llegar a plantearnos otras metas, otros sueños. Cuando uno lucha de sol a sol y de tierra a tierra por una miserable hogaza de pan, para cubrir las necesidades primarias, no le sobra ni un ápice de fuerzas para otros menesteres. Tierra de secano es un poemario de denuncia donde también surge el amor hacia aquellos que no tienen otra salida más que la supervivencia.
Tierra canta al amor homosexual. El amor oculto, el amor clandestino es un amor que nace muerto. Debemos tener en cuenta que la España de los años 60 y concretamente la vida en un pueblo del sur es poco propicia para nadar contracorriente. Cuando la sociedad establece unas normas y el hombre no quiere enfrentarse a la opinión mayoritaria de la población, se ve abocado a vivir la pasión de cuerpo hacia adentro sin poder sacar a la intemperie un corazón herido. Estos versos son las únicas bofetadas que el poeta propina a un universo poblado de prejuicios.
Poemas a Soledad no es un poemario que recorre el presente del poeta, sino una visión lejana del amor cuando la inocencia poblaba nuestras conciencias. Salen a flote los días de colegio, esos días azules, proclives a la sorpresa, las tardes de ternura con su madre, los cuerpos tumbados al hambre de las prostitutas en un intento de dotarlas de la dignidad necesaria para continuar adelante, un pasado cargado de vitalidad que nos empujaba a llevarnos la vida por delante y cierto desencanto por el paso del tiempo, por un corazón minado por el sabor agridulce de las pérdidas. La imposibilidad de volver atrás es una herida que se cura, en parte, gracias al poema.
En Trébol de cuatro hojas se acentúa el pesimismo vital del poeta y se intuye el calor cercano de la muerte, una conversación a media voz entre Dios y los recuerdos, entre Mariscal y su pasado, entre el poeta y Dios, de modo que estos  elementos se erigen en el sostén que lo mantienen con vida, la fuente de la que bebe y el agua que se expande por la garganta de la memoria. Vuelve al igual que en Poemas a Soledad a concitar en el verso el eco remoto del primer amor y sus días de colegio, de esa infancia que encarna la inocencia del ser humano y la presencia de un corazón intacto. Sin embargo, en Trébol de cuatro hojas hay mayor espacio para el desengaño, para la desesperanza. Es como si el poeta no encontrara las palabras exactas para desandar el camino hacia sus primeros pasos y se ocultara bajo la alfombra dolorosa del silencio. Regresa al hogar de sus primeros días en busca de esas huellas que le permitan reencontrarse con su familia, con esos objetos cotidianos que el tiempo se ha encargado de borrar, de esos objetos que seguirán su curso más allá de nuestra existencia. Aparece un Mariscal inconformista que no halla más escapatoria que la muerte, más futuro que la lápida y un confidente mudo que es Jesucristo, clavado en la madera. Aparece un Mariscal vencido, cansado de luchar consigo mismo, ante la vacía soledad del desencanto.
Aún es hoy se tiñe de negro, pues el poeta se hace sombra, se acerca de manera peligrosa a la muerte y en esos momentos en los que ve próximo su destino final convoca la ternura de su madre en el papel, deshoja la margarita del amor en unas ansias por seguir vivo, en una desgana por seguir sufriendo, como el niño, temeroso del agua, que se asoma a la orilla y sale corriendo en cuanto el agua moja sus pies. Una necesidad de amor que trae consigo el dolor punzante de sus espinas. 
En definitiva, La mano abierta es una metáfora gráfica de un pueblo como Arcos tumbado tristemente sobre la campiña, es un gesto de denuncia ante el poder abusivo de los terratenientes, un grito desconsolado ante el hambre y la miseria en la que el hombre del campo se veía envuelto cada día, un canto alegre en las ramas de la esperanza, una copla desgarrada hacia el amor, un gesto noble de perdurar más allá de la inevitable muerte, el gesto claro de entender que la muerte es un estadio más de la vida. Un dios humano que nos sirve de consuelo en las noches en vela. Una trayectoria poética que aborda todos los aspectos del ser humano.


ALEJANDRO PÉREZ GUILLÉN

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