martes, 19 de febrero de 2013

RESEÑAS I - POETAS ANDALUCES. MªVictoria Atencia, "El umbral"



RESEÑAS DE OBRAS DE POETAS ANDALUCES
EL UMBRAL de  MARÍA VICTORIA ATENCIA












EL NECESARIO TOQUE DE LA GRACIA
A propósito de EL UMBRAL de  MARÍA VICTORIA ATENCIA
PRE-TEXTOS. Valencia, marzo 2011


A los seis años de la publicación de De pérdidas y adioses, María Victoria Atencia  (Málaga, 1931) , nos ofrece su última obra, El umbral , que aparece a los cinco meses de  la concesión del Premio Internacional Ciudad de Granada-Federico García Lorca, con el que culmina el palmarés de esta poeta, Hija Predilecta de Andalucía  y Medalla de Oro de Málaga.   Siempre unida a La Ciudad del Paraíso, suena esa unión en las palabras de Vicente Aleixandre: ¡Cuántas veces en mis horas de sombra me ha ayudado María Victoria desde su presencia invisible pero cercana! Y cuántas, en la lejanía, me ha enseñado  con su verso sobre el dolor y sobre su entrañamiento, sobre la traspasada pureza de la vida y sobre la turbiedad más reveladora, que en ella tiene siempre un signo de superación. Gracias, María Victoria. Málaga se alegra contigo del bien que tú eres y agradece a su destino tu nacimiento entre sus espumas.”. Otra voz  de la alta alcurnia literaria andaluza, María Zambrano, diría de ella: “La perfección, sin historia, sin angustia, sin sombra de duda, es el ámbito —no ya signo, sino el ámbito— de toda la poesía que yo conozco de María Victoria Atencia. El presente, pues, es el único tiempo propio para esta poesía, sin pasado. No diría sin futuro, porque el futuro está ya embebido por sí mismo.”

La poesía de María Victoria Atencia llega cargada de símbolos, entre los que destaca  siempre el jardín como evocación o nostalgia de una aprehendida naturaleza,  así como un cierto equilibrio entre contrarios.   A este respecto citaremos las palabras del crítico Ángel L. Prieto de Paula: “Sorprende en María Victoria Atencia el equilibrio inestable entre una serenidad armoniosa y clasicista, y un tono siempre a punto de distensión o ruptura, que la vincula a la dicción romántica. … Es raro encontrar una intimidad tan preñada de vida; una vida, por otro lado, escindida en dos propensiones contrapuestas y simultáneas: la del abismamiento en el yo, que la conduce a la raíz telúrica del origen, y la de la exaltación uránica, que la convoca al séptimo cielo al que tiende, de suyo y desde siempre, la mejor poesía.

Es El umbral, pese a su brevedad – sólo veinte poemas -  un poemario en el que, manteniendo las coordenadas esenciales de su ubicación poética, muestra una disposición  a incluir algunos aspectos si no nuevos, si con otro sentido- de ahí el nombre del poemario- , un sentimiento liminar en el que el tiempo delimita espacios elegíacos en los que la función de la memoria participa de una manera más intensa o al menos con una pretendida intención de evocaciones  aunque sin dejar de lado esa pureza del presente tan propia de su poética , “ el fulgor del instante”.  Y están grabadas  en estos poemas las huellas de un tiempo, que se hace memoria, elegía sentida, noción de pérdida y lamentos por la inevitabilidad del cambio. En Este hilo de vida, poema que abre el libro y que gravita con su peso definitorio,  dice: “Ahora que tantas horas van quedándose atrás/ y olvido ya su hechura y pertenencia, / vuelvo a sentirme en un aletear tras de los vidrios/…/ como si,…/…/viniesen …a avisarme / de que aún no ha cambiado más de lo que es preciso/ este hilo de vida…”. Consciente, pues de que  hay una permanencia  de la belleza que requiere del olvido de esa sucesión por cuyo umbral atraviesan los designios del tiempo, así en Los vencejos, dirá: “Cuando alcen los vencejos, cenital, su desorden/ y la tarde se ponga de tan insoportable-/ mente bellas, del color de la lluvia, / dale a la desmemoria su espacio suficiente, y olvida…/”. Mas la memoria es cada vez presencia  ineludible, a veces lacerante: “Se demoraba el alba y yo quería/ abarcarte, y se me abrían las venas, se me abrían los brazos tendidos hacia donde/ tú no eras aún sino una sombra…”, suceso revivido: “Y yo te iba siguiendo y persiguiendo y te iba/ rebañando los pasos para saber de ti, /…”. Y late en esa búsqueda el ansia de posesión de ese fragmento de tiempo: “Qué puedo hacer en lo que va de instante/ de un tiempo sucedido y ya hueco de ti/…/ qué puedo/ hacer sino inventarte…”,  y se preguntará: “Y cómo he de nombrarte, hallazgo mío, /…/…fulgor de ese instante/ en que fueses haciéndome y rehaciéndome…”.  ´Siempre la luz, la  belleza de la naturaleza: el agua, los pájaros, las flores, los árboles …en una presencia que, dual, se manifiesta al mismo tiempo en meditación, como el íntimo envés del mismo espejo trascendiendo la realidad al canto o al ensimismamiento: “ Los pájaros también, los pájaros que eran/ como una reflexión que mantuviese/ suspensa de las alas su respuesta,…” o “¿ Pues qué podría yo testificar de mí, al margen/ del silencio preciso, para que se cumpliese/ la perfección de un lirio que se alzara en su tallo,/…” , para llegar a la necesidad de la soledad: “ Necesito sentirme a solas de algún modo/ para poner mi nombre en los labios del agua,/…”  y a una entrega luminosa que trasciende de sí hasta la más bella estancia de la belleza:  “ Puedo entregarme a ti, ruiseñor de lo alto y tan ajeno/ a ti que eres un yo que estuviese cantándote,/ sucesiva hermosura que un instante en el alba /se atreve a detenerse/ sobre una tierna rama ya suspensa en la luz/…”

Hemos traspasado en este poemario el umbral de la más pura poesía en la música luminosa de estos versos que, alejados quizás en su purismo de las estructuras formales usuales de la autora aunque no de sus métricas,  nos adentraran en un mundo en el que “como si muchos años de luz tomasen cuerpo y yo estuviera/ siendo su vuelo y tiempo y sitio, hasta que me alcanzase/ el necesario toque de la gracia.”
©F.Basallote
Publicado en Papel-Literario 10/05/2011

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