jueves, 17 de enero de 2013

PRÓLOGOS DE MIS OBRAS- En los senderos del bosque





Un encuadre de Francisco  Basallote.
Rafael de Cózar
Universidad de Sevilla.












Poco a poco viene asentándose en la literatura, en sus diversas modalidades, la estética de la brevedad, de la concisión, del boceto rápido e impactante, a la vez que también permanecen, sobre todo en la novela, historias de largo y denso recorrido. El relato ha dejado de ser hoy, con toda justicia,  operación de menor consideración entre autores y lectores, a la vez  que viene imponiéndose en la prosa el micro-relato, ahora con vehículos para su difusión, revistas, premios, e incluso estudios sobre esta fórmula.
Igualmente la poesía, siempre en avanzada, anuncia alejarse progresivamente del carácter narrativo que adquirió desde el abandono de la métrica y la rima, sobre todo en la segunda mitad del pasado siglo, abriéndose hoy tanto  a las nuevas, como a las tradicionales posibilidades.  Las máximas, los aforismos, esos textos que el poeta gaditano Carlos Edmundo de Ory viene publicando desde hace medio siglo con el nombre de “aerolitos”, son signos de este renovado atractivo por la brevedad.
Y dentro de esta misma línea reaparece ahora aquella tendencia que puso de moda el modernismo con su culto oriental, el “haiku”, que llevaría a su máxima expresión en occidente el poeta vanguardista mexicano Juan José Tablada, también preocupado por la imagen visual.[1]
En este punto es donde entra de lleno nuestro poeta Francisco Basallote (Vejer de la Fra., 1941), no en vano arquitecto técnico de profesión, es decir, verdadero aparejador de la poesía y la pintura en este su último libro, En los senderos del bosque, que tiene el lector entre sus manos.
Basallote es poeta de larga trayectoria, sobre todo desde fines de los años ochenta, destacando también como estudioso (lo que concuerda perfectamente con este libro) de la relación entre el paisaje y la literatura, con obras como Paisaje y Poesía (2001),  El paisaje en la Poesía del Grupo Cántico (2002) o El Guadalquivir como paisaje (2006), entre otras.
Con ello cumple además con la principal temática del haiku tradicional, la relación con la naturaleza. Fue Matsuo Bashō (1644)  el poeta al que se considera iniciador de la fórmula del haiku, que tendría en Japón importantes innovadores, como Yosa Buson (1716), Kobayashi Issa (1763) Masaoka Shiki (1867), entre otros muchos. Esta fórmula poética, influida por la filosofía y la estética del zen, suele mostrar en sus versos una estrecha relación con la naturaleza, las estaciones, la vida cotidiana, desde un estilo caracterizado por la naturalidad, la sencillez, la brevedad, siendo frecuente, ya desde Bashö, que acompañe al poema una pintura del mismo autor, como sucede en este último libro de Basallote.  
Pero la cuestión es más compleja. No se trata sólo de la proximidad con el modelo prototípico del haiku. No podemos olvidar en este punto que estamos el contexto literario andaluz, donde fórmulas como la soleá (que también practica Basallote), ofrecen similar condensación lírica, así como las letras del flamenco, auténtica poesía cancioneril,  hasta no hace mucho marginada de los estudios literarios y que ahora parece que empieza a abordarse, como es lógico. 
Ya desde Bécquer, en su síntesis de la poesía popular y culta, es visible esa línea de condensación, de brevedad expositiva, que también practicaron otros ilustres sureños, como Juan Ramón, Machado, Alberti, donde también los poemas vienen frecuentemente cargados de plasticidad. 
En este libro de Francisco  encontramos abundantes ejemplos de imagen plástica:
“En el almendro
posa la primavera
todas sus alas”
tres versos, como en el haiku tradicional, que son suficientes para crear la sensación de colorido,  ese detalle del almendro alado, o la nota de color que ofrecen estos ejemplos:
En el arcén
una mancha violeta,
florece el cardo
***
Trigales verdes,
dentro puntitos rojos:
las amapolas...!.

Basallote acompaña estas pinceladas verbales con sus acuarelas, lo que obliga a una lectura en síntesis, verbal y visual. Sus páginas además conectan también con otra antigua fórmula, la del emblema, iniciada en el siglo XVI y desarrollada sobre todo en el XVII, fórmula  consistente en un poema y un dibujo de relación mutua, ilustración paralela al texto,  que se aclara a su vez con él, todo lo cual entronca de forma evidente con la creciente moda de la poesía visual, cuyo desarrollo, sobre todo desde los años sesenta, parece llegar ahora a un momento de especial cultivo y florecimiento. 
De hecho en otro trabajo suyo, Lujo de la pintura, ya hace Francisco una interpretación literaria de cuadros reconocidos de Monet, Cezanne, Van Ghog, Matisse, o Picasso, entre otros, una tradición importante de traducción de imagen al verso en la que destacó, por ejemplo, Rafael Alberti, otro importante aficionado a estas relaciones entre poema e imagen visual.  Pero no es este un fenómeno extraño a nuestro tiempo. Ya desde principios del siglo XX viene dándose la fusión de las artes, la interrelación artística, esa  inclinación de la arquitectura hacia la escultura (Guguenhein), como de esta hacia la creación sobre el espacio, de la pintura hacia la poesía (Kandinski, Paul Klee, Miró), o a la inversa (Apollinaire, Huidobro, el futurimo).
Parece evidente que Basallote enfoca literariamente la realidad, la naturaleza,  el paisaje, con perspectiva de pintor, del mismo modo que pinta con visión de poeta. En el fondo es una sensibilidad única con diversas formas de manifestación, que se interinfluencian, dimensión que puedo entender perfectamente por compartir con el poeta y buen amigo la misma doble afición pictórico-literaria. A él le debo, junto al escritor  Manuel Jurado, la edición de mi poemario visual  La piel iluminada en la colección que Francisco dirige, de la Fundación Aparejadores de Sevilla, una muestra paralela de poemas visuales, en este caso en la línea del caligrama.
Al valor propio del libro En los senderos del bosque como poemario, hay que unir el mérito de la apuesta aún hoy novedosa, su carácter de exposición plástica poéticamente ilustrada, lo que implica otro modo de lectura, la recepción en armonía de dos modos de ver  








[1] También Borges hizo kaikus y de Benedetti es el libro Rincón de Haikus, (1999)

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