domingo, 20 de enero de 2013

PRÓLOGOS DE MIS OBRAS- En el corazón del signo



EN  EL CORAZÓN DEL SIGNO

POR





JUAN FERNÁNDEZ LACOMBA







En esta su última entrega de poemas que ahora nos brinda Paco Basallote, me invita generosamente hacer de introductor a esta nueva serie de, yo diría iluminados poemas, agrupados por él, como acostumbra de manera acertada, en un libro temático bajo el sugerente y estimulante título de El corazón del signo. Es de agradecer la confianza de asignar esa tarea a un artista plástico, supuestamente lejos de la labor de la inmersión diaria en la construcción de poemas; aunque eso sí, podría considerarme un amante de la poesía, y en lo posible, seguidor de esa disciplina. Un individuo ávido de buena poesía, pues la poesía condensa, describe y revela un mundo.

Dentro de la gran osadía que conlleva por mi parte la aceptación de introducir este libro, no me cabe duda que sabiendo de Basallote y su relación con el signo, ciertamente el tema da para mucho. Para empezar, ya algunos de los poemas que integran esta serie, el poeta los pergeñó coetáneamente a las exposiciones anuales del ciclo dedicado al Dibujo Contemporáneo, resultado de las actividades de los Talleres de Creación Artística por mí impartidos durante estos últimos años y organizados por la Fundación Aparejadores de Sevilla. Empresa cultural de hondo calado en la ciudad, que tan alto tono alcanzó bajo su gestión, durante más de una década. Sabido es que Basallote es, en verdad, hombre de cultura esencial, sin simulacros. Así pues, la relación con Basallote me viene tanto de fiel cómplice en lo que a la cultura se refiere, como de un verdadero aprecio hacia su persona. Como digo, son ya muchos años de amistad, de reconocimiento y de respeto mutuo; a lo que por mi parte, debo añadir la confirmación de una persona entusiasta, de trato inmediato y sencillo, con un especial talante generoso y cabal. Cosa infrecuente y rara, de ahí que no sea extraña en él la condición de poeta. Una condición determinante ésta, cada vez más infrecuente de hallar; aunque, bien mirado, los poetas secularmente han sido referentes, personas ejemplares de gran pureza: verdaderos intérpretes del mundo, sus verdaderos aristócratas y sacerdotes. Quizás, la misma condición de la supervivencia moderna y la complejidad del mundo contemporáneo en que vivimos, han dado al traste con muchos de esos valores.

Destacar como necesario, al hilo de nuestro argumento, la muy frecuente afinidad de los poetas con el mundo del dibujo. Un hecho este que puede ciertamente constatarse en muchos casos de artistas interesados por lenguajes complementarios a su disciplina. Tengamos en cuenta que tradicionalmente los artistas han incluido en sus libros de poemas viñetas e ilustraciones, con el beneplácito de sus autores. Del mismo modo, también la práctica de la caligrafía oriental ha revelado la vinculación consustancial entre grafía y poesía, integrándose las disciplinas para alcanzar su máxima expresión en la vitalidad del trazo, quedando proyectada igualmente en la práctica de la pintura de paisajes tan extendida en el mundo oriental. Lo cual constituye un universo de signos que pueden justificarse, por tratarse, al fin y al cabo, tanto la poesía como, en definitiva, el dibujo, de dos tipos de escritura. Realmente ambas disciplinas, aspiran a expresar la unidad de nuestra percepción del mundo, rescatando y puliendo así determinadas experiencias sensibles o emocionales.
Precisamente una de las observaciones más agudas que se han hecho sobre el dibujo se la debemos a un poeta tan relevante como Paul Valéry, el cual señaló que existe una gran diferencia de ver una cosa sin un lápiz en la mano a observarla mientras dura el proceso de dibujarla: "hasta el objeto más cotidiano se transforma ante nosotros al dibujarlo". También fue Valéry el primero en considerar al dibujo como una de las tres grandes creaciones humanas, junto a la poesía y las matemáticas. Con su aguda clarividencia el gran poeta francés veía en la acción de dibujar un “juicio que habla al juicio”, asignándole un carácter eminentemente intelectual a la línea; en particular cuando ésta se ofrece descarnada, entonces es cuando se nos muestra visualmente su pureza. Valéry consideraba que, en esa sutil caligrafía de la inmaterialidad del trazo, era donde podía encontrarse al artista más creativo. Un mundo de posibilidades que ha recogido y analizado Hubert Damisch en su Traité du trait.

En realidad, el vocablo signo deviene del signum de los latinos, un término que se refiere originariamente a la función de congregar en un punto a diferentes unidades del ejército romano, una función también simbólica en relación con los elementos representados. En efecto, los signos a diferencia de los símbolos siempre señalan; refieren un anhelo o un hecho específicamente. Dicho esto, el título de El corazón del signo aparece ya por si mismo, como esclarecedor y sugestivo; tratándose, como se trata, de un viaje a las entrañas del trazo: de los trazos de lenguajes esenciales y primarios, de los lenguajes visuales no solo primigenios, sino también como un itinerario que se centra en una serie de vistas, en donde se desarrolla una actividad hermenéutica desde la misma poesía. Una actividad en la que el poeta aspira a descifrar aquellas producciones simbólicas, esquemáticas, que han sido establecidas como hitos y signos en los que, de un modo emblemático, ha quedado expresada algún tipo de civilización. Se trata, por tanto, de un viaje iniciado en la noche de los tiempos, a través del cual la humanidad, desde la más remota antigüedad ha venido refiriéndose a una acción u objeto que representa, sustituyendo a éste definitivamente para configurar otra realidad, por lo general de índole gráfico o esquemático que se refiere a otro fenómeno, objeto o señal.

Tan sólo el signo
es réplica del mundo
en sus aguas refleja
la inmanencia del sueño

Pero, los signos mantienen una gran utilidad simbólica y funcional en la vida moderna, y, en realidad, no han podido ser sustituidos o desplazados del todo por el lenguaje escrito. Lejos del mundo primigenio (por cierto, aquellos signos que más pueden interesar a Basallote y, por los que como poeta se siente magnetizado) hoy los signos como medio de comunicación, han mantenido sus propias variadas funciones, y no cabe duda que éstos se han hecho más útiles a medida que ha aumentado la demanda de comunicación inmediata. En este sentido, resulta curioso pensar un futuro globalizado de signos eficaces y universales. En todo caso, y con este punto de mira, siempre conviene, como hace nuestro poeta, sorprenderse ante su capacidad de transmitir, más que hablar de cosas inmediatas o sublimes. El alma romántica o simplemente sensitiva o cabal, siempre estará propensa a sobrecogerse ante este tipo de hechos producidos secularmente por el hombre.

El viaje al que nos invita el poeta, parte de las interioridades del trazo a los territorios del signo, para visitar las más variadas geografías. Geografías signadas del mundo: la significada América, la enigmática Asia, el fértil Sáhara…; lugares, conceptos e informaciones históricas, divinas, se suceden en perplejidades y encuadres de gran visualidad, asistidas siempre de metáforas fértiles y aciertos clarividentes. En este viaje se nos sitúa en imprevistas circunstancias, en interiores de cuevas o en abiertos paisajes desérticos…; permanentes referencias al tiempo. Un tiempo de viejas culturas ya desaparecidas y países deshabitados, en donde habitan mágicas intenciones sublimes.

Si para Shakespeare estamos hechos del mismo tejido que los sueños, para Basallote parece que los sueños estén quizás hechos sólo de tiempo, de un tiempo maleable y arcano en el que el hombre se abisma, misteriosamente, en lo indecible. En estos vértigos de la historia y de la existencia Basallote descubre categorías humanas universales, sentimientos borguianos, y, en definitiva, todo aquello que nos hace diferenciarnos de las cosas: las otras cosas que componen el mundo. En el corazón, digo, está el tacto, el oído y el olfato… la visión del dibujo y “los detalles luminosos”.

Su corazón sobre el latido de la noche
es el manto de sus estrellas,
luminoso pensil que en su ciclo
acapara la realidad del sueño.

En este sentido el poeta se sitúa a una distancia que es la de la misma confirmación o toma de consciencia de la historia. Su hermenéutica se reviste así de un cierto vértigo, en la constatación de su misma grandeza. Constatación y permanente referencia a lo efímero de la existencia, a la parquedad mínima del existir, frente a la gran memoria, frente a la constatación de la extensión monumental de tiempo, de sus huellas, de sus restos y ruinas. Momentos estos de una poética sublime a los que el poeta nos hace asistir, situándose en un posible Fuit hic  (Yo estuve allí). Así ocurre con la situación en la que parece participar de la escena misma del nacimiento de la escritura en la antigua Sumeria:


Diluimos en el tiempo
la forma de los objetos
y los hicimos cuña
en la fresca arcilla,
así del barro
surgió también
el signo que más tarde
anidara en el mundo.

Incluso constata la imposible visualización de mundos eternamente deshabitados :

donde sólo
viven los dioses
en su desierta
soledad.

El poeta muestra su gusto por la palabra densa, fértil y sonora, contundente y colorista, en la frontera de lo vertiginoso y barroco.


En el frutal
regocijo de sus volutas
la serpiente extendida
de su silueta


Con unidad de rasgos y lenguaje, esa misma grandeza de los hechos, de las producciones monumentales de la humanidad que constituyen sus argumentos fundamentales, conlleva también una melancólica deriva, como de enorme vanitas: espejo, sueño, sombra, luz, vacío…Otras veces la posición, en cambio, no es enjuiciadora o descifradora, ni siquiera ciertamente melancólica, sino desplazada, y que, al ser conscientes de ella, siempre nos hace sentir mínimos. Esa poética es la que Basallote nos quiere describir, transmitir; pero, al mismo tiempo el poeta se sobrecoge ante los mecanismos, no sólo de la percepción misma, de sus enormes posibilidades, sino de las infinitas posibilidades del espíritu. Ante los mecanismos de la gestación primitiva de las primeras imágenes, de las huellas, de las intenciones de los hombres del pasado, de los trazos: de su capacidad de síntesis, de transmisión, de abstraer y determinar el mundo.

De todos modos, la permanente referencia, casi obsesiva y barroca con la que paladea Basallote los poemas, se centra en una voluntad hacia la excavación de la memoria del tiempo, de los grandes hechos culturales de un pasado remoto, prestando oídos a las resonancias culturales más antiguas: Nazca, Tassili, Azapa, Arica, Pileta, Altamira… Un repertorio escogido por el autor que conforman el repertorio de emociones sintetizadas en este libro. Especiales lugares de referencia cultural e histórica que a la vez actúan como emblemas de sentido descubiertos en hechos sorprendentes y singulares, de otro tiempo y lugar, lo que ciertamente nos remite a algunas composiciones de los grandes poetas imaginistas, e incluyendo al mismo Borges. Vértigos del pasado, de la consciencia del mundo anterior y sus fragmentos.

Tengamos en cuenta, no obstante, que, finalmente, materia y signo son los dos accidentes de las huellas del tiempo, y el arte la evocación elegiaca de éste. En todo caso el trazo es algo oscuro, o lo contrario, algo luminoso, pleno. Los trazos quedan abiertos también a lo perplejo y a la incertidumbre. Comparable sólo, como el poeta mismo nos sugiere, a la inmanencia del sueño.


Juan Fernández Lacomba.

 Sevilla, octubre 2010



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